En diversas publicaciones recientes se destaca el peligro de descuidar la caligrafía y permitir que el uso intensivo de instrumentos digitales sustituya el ejercicio de diseño manual de los signos fonéticos por una destreza mecanográfica que, si bien es indispensable dominar, no es exactamente equivalente a la escritura convencional.

Un artículo reciente, publicado en el ABC de España, señala que los estudios de neuroimagen evidencian que el cerebro se activa más cuando se escribe que cuando se teclea. En el primer caso se crea una representación interna de las letras que involucra la integración de las áreas visuales y motoras del cerebro. Además, se activan áreas relacionadas con la ortografía, el sonido y el significado de las palabras. Esas áreas se interrelacionan con otras fundamentales en la producción y comprensión del lenguaje, así como en la comprensión de la lectura, lo que podría explicar las habilidades que se potencian con la escritura. Por el contrario, cuando los niños se limitan a teclear, simplemente están representando en su cerebro un mapa del teclado, según un estudio de la Universidad de Indiana publicado en Frontiers in Psychology.

En el libro El artesano, Richard Sennett hace la misma observación relacionada con el uso del CAD en la arquitectura. Esta herramienta informática permite cosas extraordinarias, impensables hace tres décadas, como ver el interior de una construcción y recorrerlo virtualmente en diversas horas del día, antes de haber puesto un solo cimiento. Sin embargo, una joven arquitecta de MIT observó que “cuando dibujas a mano un terreno, cuando colocas en él las líneas de nivel y los árboles, se te queda grabado en la cabeza”. Llega a conocerse el lugar de una manera que resulta imposible en el computador. Y añade que “el conocimiento de un terreno se adquiere dibujándolo una y otra vez, no dejando que el ordenador lo ‘regenere’ para ti”.

Hace dos siglos, Kant dijo que “la mano es la ventana de la mente” y Heidegger, en el siglo XX, señalaba que “solo un ser que habla, o sea, piensa, puede tener mano y ejecutar mediante su manejo obras manuales. Toda obra de la mano se basa en el pensar”.

Se podrían dedicar volúmenes enteros a citar estudios sobre el tema, pero lo importante por ahora es alertar sobre el peligro de una educación que ha olvidado la mano, como si ella fuera independiente del cerebro. En los colegios no suele haber talleres de carpintería, mecánica, dibujo, tejido, cerámica…; por el contrario, son signo de calidad las aulas de informática, que por demás en muchos casos resultan redundantes con los teléfonos móviles y otros aparatos que ya tienen muchos niños.

Los juegos tradicionales ancestrales, como el trompo, la pirinola, los diábolos y muchos otros, eran fuente permanente de adiestramiento de la mano, desarrollando la coordinación, el conocimiento de los objetos, el sentido del tacto, la ubicación espacial… Ahora, los juegos que vienen en las tabletas y teléfonos móviles son usados por los padres para entretener a los bebés que, por su parte, los apropian de inmediato. Es verdad que estos nuevos recursos desarrollan nuevas habilidades mentales, pero el peligro de perder lo que la evolución ganó gracias al desarrollo de la mano debe estar presente.

Cirujanos, arquitectos, músicos, chefs, albañiles o inventores dependerán de sus manos para avanzar en el conocimiento y eso requiere que desde la infancia se estimule el paciente adiestramiento de esa herramienta corporal a través de la cual el ser humano ha recreado todo su entorno. Ojalá nuestros colegios comprendan esto, pues mientras más herramientas electrónicas tengan los niños de hoy, mayor será la obligación de ofrecerles aquello que pareciera entrar en desuso.

Autor: Francisco Cajiao
Fuente: El Tiempo
25-08-2015

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